LA MÁQUINA REAL

Siglo XVI, los títeres en el barroco

En el siglo XVI el teatro se convierte en España, y en general en toda Europa, en una actividad comercial. Es entonces cuando aparecen las primeras compañías profesionales, como la de Lope de Rueda, que por primera vez hacen subir a escena a mujeres actrices, a diferencia de lo que ocurría en la Inglaterra de Shakespeare, donde los adolescentes interpretaban los papeles femeninos. Poco a poco, surge la necesidad de crear espacios destinados específicamente para la representación.
Así, nacen los corrales de comedias, que aprovechan el patio interior de una manzana de casas para instalar en uno de sus extremos laterales el tablado y utilizar los balcones y ventanas del resto de los muros a modo de palcos.

El Esclavo del Demonio
Corral de Comedias

En estos teatros se reunían todas las clases sociales juntas, pero no revueltas: de pie al lado del escenario asistían a la representación los mosqueteros (los hombres que pagaban la entrada más barata); en el balcón situado al fondo del patio, llamado cazuela, se apelotonaban las mujeres de clase media, y en los palcos de los corredores laterales, conocidos como aposentos, se sentaban los nobles y los religiosos, que de este modo podían ver la representación sin ser vistos. 

Lope de Vega sentó las bases de la escritura dramática de esta época con su Arte nuevo de hacer comedias en ese tiempo (1609). Oponiéndose a los criterios de los eruditos, Lope defendía un teatro popular donde se mezclaban la tragedia y la comedia, no se respetaban ni la unidad de tiempo ni la de lugar y no se preocupaba por plegarse a las reglas dictadas por Aristóteles, sino por dar gusto al público, que al fin y al cabo es quien pagaba por ir a ver una función.

En los siglos XVII y XVIII se llamaba “Máquina Real” a las compañías que representaban espectáculos de títeres en los grandes corrales de comedias. Estas funciones se acompañaban de música en directo y en ellas se empleaban las técnicas más sofisticadas, imitando en pequeño a las primeras óperas que sólo podían verse en palacio. De este modo, parte de su éxito se debía a que las marionetas y su retablo permitían realizar acrobacias, cambios de decorados y efectos especiales que no eran posibles en el teatro popular para actores de carne y hueso.

Durante la Cuaresma los títeres sustituían a los cómicos, que tenía prohibido representar entre Carnaval y Semana Santa. De ahí que el repertorio de la Máquina Real estuviera compuesto sobre todo por comedias religiosas, fundamentalmente vidas de santos, cuyos milagros adquirían una dimensión mucho más espectacular en el formato para marionetas que en el teatro de actores.

A pesar del éxito que cosechó en el Barroco, la Máquina Real fue desapareciendo a lo largo del siglo XIX, pero su recuperación ha sido posible a través de los datos que sobre ella nos dejaron los moralistas de la época en sus críticas al teatro, los viajeros extranjeros en sus descripciones costumbristas y los contables de los corrales de comedias en sus anotaciones sobre reparaciones de decorados y atrezzo, y también por la relación que debió existir entre la antigua tradición castellana y las marionetas de otras regiones que en el Siglo de Oro formaron parte del Imperio Español: Sicilia, Bélgica y Portugal, cuyos títeres si han llegado hasta nuestros días.